Nuevamente está abierto el debate sobre el aborto y sobre las tres causales propuestas en la ley. Y se pone de manifiesto que no hay acuerdo ni en la opinión pública ni entre los políticos, varios de los cuales solicitan seguir profundizando en el debate. Uno de los argumentos empleado por el diputado Matías Walker es que “este no es un tema religioso, es un tema de un consenso del estado democrático de derechos que es determinar cuándo la vida es sujeta de tutela jurídica, y muchos de nosotros creemos que hay proteger la vida desde la concepción».

Aplaudo el primer punto: que este no es un tema de credos, sino de racionalidad y humanidad. Mucho se ha dicho, sobre la justificación racional de la existencia de vida humana y, por ende, personal, desde su inicio. Esto es evidente para los que piensan y buscan la verdad de las cosas, pero hay que ser capaces de mirarlo sin apasionamientos que sesgan la percepción de la realidad. Y muchos de esos sesgos pueden proceder de intereses creados –por ejemplo, de políticas internacionales o de ciertas industrias-, o de una errónea concepción de la libertad personal.

Decir que es un tema de humanidad es apelar a la experiencia de las madres, en las tres causales. Desde que la madre sabe que está embarazada, sabe que hay vida en su interior. Este conocimiento es infalible. Sea cuando el feto viene mal, o cuando pone en riesgo su vida, o cuando es fruto de una violación. En todos los casos ella sabe que alguien está creciendo en su seno, alguien que depende ella, pero que es distinto de ella. ¿No es este un tema de racionalidad y humanidad? Igual de razonable y de humano es preferir sobrellevar la terrible muerte de un hijo y no haberla provocado. Lo primero permite cerrar un ciclo, que, sin embargo, queda abierto y mal cerrado en el segundo.

Sí, el tema a debate es racional. Por eso, pido racionalidad a todos los actores involucrados.

 

Esther Gómez

Directora de Formación e Identidad

Universidad Santo Tomás