Julio Sáez Gallardo,

Dr. en Ciencias de la Comunicación y del Periodismo (Universidad Autónoma de Barcelona), Académico e Investigador Independiente.

 

Cada cierto tiempo la opinión pública en Chile y el mundo se estremece por casos evidentes de racismo brutal como la muerte del ya icónico ciudadano afroamericano George Floyd. En nuestro suelo tenemos sangre mapuche derramada donde el racismo es una explicación: Catrillanca, Treuquil y Huenante (primer detenido desaparecido en democracia), sólo por mencionar casos de reciente data. Sin embargo, pareciera ser que es mejor ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio.

Pero ¿qué hace que naturalicemos el racismo en nuestra cotidianidad? ¿somos conscientes de este fenómeno en nuestro microactos vitales? ¿qué tipo de racismo predomina en Chile? Acompáñenme a buscar alguna respuesta que devele nuestra compleja relación societal.

Convengamos como acta de nacimiento del racismo en nuestra América morena el día 12 de octubre de 1492 cuando Europa pone un pie en América e instala la hegemonía del hombre blanco por sobre las culturas amerindias, al exterminar a millones de indígenas y tomar posesión de sus tierras, construyendo un complejo sistema de clases sociales ligadas al color de la piel. Sistema de interacción social que tiene consecuencias hasta hoy en la sociedad chilena. Entiendo aquí por racismo, junto con van Dijk (2006) un sistema de dominación y desigualdad social.

Cual virus en tiempos pandémicos el racismo se cuela como polizón y se inocula en nuestras prácticas sociales y nuestro sistema sociocognitivo sin siquiera lo advirtamos, mediante un poderoso mecanismo simbólico: el lenguaje. Este racismo simbólico es sutil y casi imperceptible y se da en nuestras cotidianas relaciones. Quién no ha escuchado o leído frases como: “nació blanquita y de ojos claros”; “(fulanita) se casó con un cholito, pero el hombre es muy trabajador”; “tiene cara de nana” (alude que la persona tienes rasgos indígenas y es pobre); “ese indio, negro y pelos tiesos”, “se necesita joven buena presencia para trabajar” (evidentemente de rasgos no indígenas) etc.

Esta viralización infecto-contagiosa no hace más que dejar en evidencia un imaginario social y visual ad perpetuam y que continúa dando forma-desde los albores de la Conquista- a las relaciones entre el color de la piel y el estrato social, al quedar los grupos “racializados” confinados a posiciones de subalternidad en la vida social, laboral, educacional, operando lo que Margulis et al. (1998) llaman la “racialización de las relaciones de clase”.

Los invito a realizar el siguiente ejercicio: ¿cuántos periodistas “rostros” de noticiarios poseen rasgos indígenas? ¿existen autoridades gubernamentales, eclesiásticas, parlamentarias, empresariales de apellidos y rasgos ancestrales? ¿cuántos artistas de la amplia gama del arte elitista proceden de la etnia mapuche? La respuesta es cercana a cero. Los casos excepcionales, solo confirman la regla.

Probablemente en Chile opere un mecanismo de discriminación social que –desde la conformación del Estado-nación-  siga patrones racistas cotidianos que mezcla aspectos de “raza” (como el color de la piel) y factores culturales (como la creencia de la inferioridad de la cultura aborigen, por ejemplo). En Chile, me atrevo a sostener, impera una perfecta cromocracia (cromo= del griego ´color´ y cracia= del griego ´gobierno´): en donde el color de la piel, mezclado con los aspectos sociales, personales y culturales determinan la posición de cada cual en el eje Dominación/Subordinación. Esta cromocracia es un sistema (interaccional moldeado por percepciones humanas) en donde el color de la piel (blanca) y la clase social funcionan como dispositivos de poder que se retroalimentan y auto-reproducen.

Claramente, en Chile opera una variante del racismo europeo, a raíz del cual y siguiendo a Deleuze y Guattari 2000) (“[…] el racismo europeo [ y chileno por inclusión] …nunca ha procedido por exclusión, ni asignación de alguien designado como Otro. […] El racismo procede por determinación de las diferencias de desviación, en función del rostro del Hombre blanco que pretende integrar en las ondas más excéntricas y retardadas los trazos que no le son conformes. […] Desde el punto de vista del racismo, no tiene exterior, no hay gentes de afuera”.

 

Lo propio de la dominación blanca es el sometimiento de la alteridad al Modelo fenotípico del blanco intentando la asimilación de los rasgos que no le son “europeizantes”.  Esto lo vemos palmariamente en todos los medios de comunicación, que son el “espejo” social donde nos miramos: el “blanqueamiento” en los spots publicitarios, donde los participantes de claros rasgos norte-europeos “venden” persuasivamente la ilusión de ser parte de esta anhelada “cromocracia”.  La política como actividad social, representativa para bien y para mal de cómo somos, no queda al margen de esta selectividad pigmentaria: los que gobiernan proceden, en general, de la casta blanca que en los albores de la colonización expropiaron para sí las tierras, las riquezas y el concepto de estado-nación chileno, donde el otro: moreno”, “mapuche”, “pobre” e “ignorante” no cabe en los límites del territorio material y simbólico.