Una mirada al Hanta en Chile y nuestra historia

Por Jaime Schifferli Campos, director carrera Tecnología Médica de la Universidad Santo Tomás Puerto Montt.

El Hanta virus vuelve a circular con fuerza en nuestros territorios rurales y precordilleranos. Con 49 casos confirmados y 19 fallecimientos su letalidad es de un 39%, muy por encima del 18% observado el año 2025, ante estos datos el Ministerio de Salud ha observado con premura esta situación y ha decretado una alerta sanitaria sin precedentes históricos que abarca desde la Región de Atacama hasta Magallanes para este agente infeccioso. Este preocupante repunte no es un evento aislado ni una casualidad meteorológica; si miramos nuestra historia reciente podemos observar que el año 2017 se presentaron 91 casos y el año 2019 fueron 70 casos, los años más complejos de la última década, por tanto, cabe preguntarse ¿Qué estamos haciendo en este persistente reencuentro con el ratón de cola larga (Oligoryzomys longicaudatus)?

Los ciclos del hantavirus en Chile están anclados a la ecología de nuestros bosques nativos. Las temporadas que anteceden a estos brotes están caracterizadas por fluctuaciones climáticas, primaveras benignas y el florecimiento masivo de especies como el coligüe. Hay sobreoferta de alimento para los roedores, lo que se traduce en aumento reproductivo. Tanto en los años de alta incidencia como 2017 y 2019, así como en el actual escenario de 2026, la naturaleza nos recuerda los efectos del cambio climático y deja en evidencia el impacto que tiene la actividad humana sobre el ecosistema.

Por otra parte, el ratón de cola larga por sí solo no viaja a la data de nuestras estadísticas fatales; es nuestro comportamiento el que actúa como catalizador. Las estadísticas oficiales del Minsal y de la Organización Panamericana de la Salud muestran que más de la mitad de los contagios ocurren por exposición en el peridomicilio y labores rurales o de saneamiento (apertura de bodegas, galpones y cabañas sin ventilación). La similitud con 2017 y 2019 radica en que el turismo interior, la expansión inmobiliaria hacia zonas rurales y la persistencia de hábitos deficientes de manejo de leña y basura atraen al vector a la puerta de nuestras casas. No es solo el excursionista desprevenido en un sendero cordillerano; es el habitante rural o el trabajador forestal y agrícola quien sigue pagando el costo más alto.

Chile tiene un gran desafío y consiste en aprender del pasado para no repetir la tragedia, la diferencia más dramática este año no es solo cuantitativa, sino cualitativa: el salto en la letalidad nos advierte que la sospecha clínica precoz y la oportunidad en la derivación asistencial siguen siendo flancos vulnerables. La reciente alerta sanitaria nacional debe interpretarse como un llamado de atención urgente. No basta con reaccionar cuando el virus ya ha comprometido la función cardiopulmonar de un paciente. Necesitamos una política de educación ambiental permanente que entienda que el hantavirus no es una emergencia estacional de verano, sino un riesgo endémico constante. La memoria histórica de 2017, 2019 y de este complejo 2026 debe servir para dejar atrás la improvisación y consolidar una red de salud alerta, capaz de diagnosticar antes de que el bosque reclame otra vida.