Prevención del suicidio, un esfuerzo colectivo

Por Dr. José Cabrera Sánchez, académico investigador de la carrera de Psicología de la Universidad Santo Tomás Puerto Montt.

Cada 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio. Diversas campañas nos recuerdan la importancia de la salud mental, identificar señales de alerta y buscar ayuda profesional. Todo eso importa. Pero cuando reducimos el suicidio a un “desequilibrio químico” o a una “fragilidad psicológica individual”, corremos el riesgo de enfocar inadecuadamente este dramático problema.

Más de 720 mil personas mueren por suicidio cada año en el mundo. En Chile, los suicidios superan ampliamente a los homicidios. Detrás de estas cifras hay un hecho que suele pasarse por alto: el suicidio no se distribuye de manera uniforme. Aumenta cuando sube el desempleo, se agrava donde las redes de protección social son más débiles, se concentra en ciertos territorios y en ciertas generaciones. No es casual que entre los jóvenes chilenos el suicidio sea la segunda causa de muerte, así como también en el otro extremo de la vida, con los adultos mayores liderando estas tristes estadísticas.

Cuando traducimos todo sufrimiento psíquico al lenguaje de los balances químicos de nuestro cerebro, o a nuestros conflictos personales, corremos el riesgo de convertir la salud mental en un problema individual. Los fármacos y el apoyo psicológico ciertamente ayudan, pero pueden ocultar las condiciones sociales y políticas de un dolor que por su masificación debe ser analizado desde una perspectiva colectiva.

Muchos adolescentes saben que las cosas están mal, pero experimentan la impotencia de no poder hacer nada al respecto. Cuando a una generación se le promete que el esfuerzo tendrá recompensa y lo que encuentra son trabajos precarios, viviendas inalcanzables y una independencia que se posterga indefinidamente, su desesperanza no es “no querer vivir”, es una reacción frente a la realidad.

Al hablar de prevención del suicidio, no podemos quedarnos en el plano de las líneas de ayuda y las campañas de concientización. Tenemos que preguntarnos: ¿cuáles son las perspectivas educativas y laborales de los jóvenes? ¿Pueden costear una vida independiente? ¿Se están debilitando los lazos comunitarios? ¿El trabajo genera esperanza o produce ansiedad? ¿Qué protección reciben los ancianos?

Esto no significa que el dolor individual sea ficticio, ni que buscar ayuda profesional carezca de sentido. Pero tratar ese sufrimiento como un asunto exclusivamente personal es justamente lo que nos impide verlo como un problema público. Si aceptamos que mucho malestar psíquico tiene raíces sociales, entonces prevenir el suicidio no es solo tarea del sistema de salud: es también política económica, educación, construcción de comunidad, regulación de la violencia y la discriminación. En lugar de privatizar el sufrimiento es necesario pensar en conjunto qué podemos hacer para atenuar la desesperanza y regular el odio. Las respuestas colectivas suelen ser las más complejas, pero también son aquellas que sostienen la verdadera prevención.