¿Cuál es nuestro límite en el uso de la inteligencia artificial?

Por Víctor Ojeda Pacheco, docente de la carrera de Psicología de la Universidad Santo Tomás Puerto Montt.

Hoy, la inteligencia artificial (IA) está más presente que nunca y, seguramente, continuará aumentando su presencia día a día en una amplia variedad de escenarios personales, educativos y laborales. Según los resultados de la encuesta Barómetro Digital 2025-2026, de la Fundación Nativo Digital, para el 76% de la población la IA ya es de uso común. Si bien su utilización se concentra actualmente en la búsqueda de información y el manejo de documentos, muchas personas también la emplean para generar ideas y optimizar procesos de aprendizaje; algunas, incluso, la utilizan para conversar.

De esta manera, la IA se está transformando en una valiosa herramienta de asistencia y, por qué no, también de acompañamiento en los quehaceres cotidianos. Sin embargo, surgen algunas preguntas: ¿para qué estamos utilizando la IA? ¿qué lugar queremos que ocupe en nuestra vida?

La pregunta cobra relevancia precisamente por la innumerable cantidad de usos que le hemos dado: facilita nuestros aprendizajes, apoya nuestro trabajo, mejora nuestra forma de comunicarnos e incluso permite sostener conversaciones. Por ello, establecer límites rígidos para el uso de estas herramientas resulta difícil. Sospecho que imponerlos no es necesariamente la vía más adecuada; más bien, la reflexión —no solo ética, sino también práctica— acerca de su uso puede ser un buen punto de partida.

En una entrevista que vi alguna vez, una persona que enseñaba el uso de la IA a personas mayores señalaba que esta tecnología debería ayudarnos con aquellas tareas que consumen tiempo y que no deseamos realizar. Así, podríamos disponer de más tiempo para las actividades que sí nos gustan y deseamos hacer. Esta idea permite reconocer, al menos, dos dimensiones en el uso de la IA: por una parte, facilitar el tiempo destinado a actividades no digitales, como compartir con la familia o los amigos, salir y disfrutar con libertad; por otra, simplificar aspectos del trabajo que no constituyen el foco fundamental de una tarea.

Creo que esta idea tiene mucho sentido y transmite un mensaje poderoso, no solo para nosotros mismos, sino también para nuestros compañeros, equipos de trabajo y, sobre todo, estudiantes: usemos la IA para alcanzar nuestras metas, pero sin permitir que nos quite el agrado y el placer de recorrer el camino que nos conduce hacia ellas.

Para finalizar, tengo la impresión de que para muchas personas se configurará una paradoja inevitable: si la IA mejora mi productividad y me otorga más tiempo, puedo terminar utilizando ese tiempo para producir todavía más. De este modo, vuelvo a quedarme sin tiempo —ni disfrute de ese tiempo libre— y se fomenta, una vez más, lo que el filósofo Byung-Chul Han denomina la “sociedad del cansancio”: una vida marcada por la exigencia de productividad interminable.

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