Orgullo autista: más allá de la concientización
Por Eduardo Avello Godoi, docente de la carrera de Terapia Ocupacional de la Universidad Santo Tomás Puerto Montt.
Hablar de autismo en las últimas décadas evoca conceptos como trastornos, dificultades y comunicación, asociados principalmente a enfoques biomédicos. En contraste, hoy cobran fuerza conceptos como participación, inclusión y diversidad. En mi opinión, comprender el autismo requiere integrar múltiples perspectivas y saberes, especialmente en tiempos donde la polarización suele simplificar discusiones complejas.
En este contexto surgen iniciativas como el Día Mundial de Concientización y el Día del Orgullo Autista, que buscan visibilizar la condición, disminuir estigmas y promover una comprensión más amplia de la diversidad humana.
Desde mi experiencia profesional, reconocer el orgullo autista no significa desconocer las dificultades o necesidades de apoyo que muchas personas autistas y sus familias enfrentan cotidianamente. Tampoco implica romantizar el autismo. Significa comprender que detrás de cada diagnóstico existe una persona con intereses, fortalezas, necesidades y una forma particular de relacionarse con el mundo.
El desafío no debería centrarse únicamente en cambiar a la persona autista, sino también en transformar los entornos. Escuelas, espacios comunitarios, lugares de trabajo y servicios de salud pueden ser más accesibles cuando reconocemos distintas formas de procesar la información, experimentar estímulos sensoriales, comunicarse y participar.
Esta reflexión cobra especial relevancia en tiempos donde han surgido discursos centrados en la protección de los equipos educativos frente a situaciones de desregulación. Si bien resguardar la integridad de las comunidades educativas es fundamental, la discusión también debería enfocarse en cuánto nos capacitamos para construir espacios seguros, predecibles y respetuosos de las distintas necesidades de apoyo. Más que preguntarnos cómo reaccionar frente a una crisis, deberíamos preguntarnos cómo prevenirla.

Como terapeuta ocupacional, he aprendido que muchas veces el trabajo más significativo ocurre fuera del box o del aula de recursos: cuando acompañamos a las familias, promovemos la autonomía, abordamos temas como autocuidado, higiene, sexualidad o proyecto de vida, y dejamos de infantilizar a niños, adolescentes y adultos autistas para reconocerlos como personas capaces de tomar decisiones sobre sus propias vidas.
Quizás la pregunta que deberíamos hacernos no es si las personas autistas pueden adaptarse a la sociedad, sino cuánto estamos dispuestos a adaptar nuestros entornos para favorecer su participación. Tal vez el orgullo autista tenga relación con el derecho a habitar el mundo desde la diversidad, con los apoyos necesarios y con oportunidades reales de participación a lo largo de todo el ciclo vital. También implica que las propias personas autistas lideren la conversación sobre su condición, compartiendo experiencias, educando a la comunidad y promoviendo sus derechos desde una mirada personal y auténtica, bajo una premisa tan simple como necesaria: «Nada sobre nosotros sin nosotros».









