Por Dany Sobarzo Soto, docente de la carrera de Kinesiología de la Universidad Santo Tomás Puerto Montt.
En tiempos en que el sobrepeso y la obesidad ocupan un lugar central en la conversación pública, necesitamos cambiar la pregunta. No se trata solo de cuántos kilos bajar, sino de qué cuerpo queremos construir para vivir mejor. Durante años, el peso se ha asociado a la balanza, calorías y apariencia. Sin embargo, una estrategia valiosa y poco considerada es ganar y conservar masa muscular.
El músculo no solo permite movernos. También participa en el gasto energético en reposo, ayuda a regular la glucosa, mejora la sensibilidad a la insulina y favorece una vida más activa. Por eso, limitar el mensaje a “coma menos” resulta insuficiente. Las dietas restrictivas pueden reducir kilos, pero también fuerza y masa muscular, aumentando la fatiga y facilitando recuperar el peso perdido.
Incorporar entrenamiento de fuerza permite mirar el proceso desde otra perspectiva. Ya no se trata de castigar al cuerpo por haber comido, sino de fortalecerlo para que responda mejor. Caminar es fundamental, pero no siempre basta. Ejercicios con peso corporal, bandas elásticas, máquinas o mancuernas pueden ser efectivos con progresión y seguridad.
Además, el músculo cumple una función biológica profunda. Al contraerse, libera mioquinas, moléculas que comunican al músculo con otros órganos y participan en procesos metabólicos, inflamatorios y de adaptación. Por eso, entrenar fuerza no debería verse solo como una práctica estética o deportiva, sino como una acción preventiva.
También es importante dejar de culpar a las personas por vivir con obesidad. Las decisiones sobre alimentación y actividad física están influidas por el ingreso, la educación, los horarios laborales, el descanso, la salud mental y la seguridad de los entornos. Una estrategia seria debe incluir educación, atención profesional y programas de fuerza.
Ganar músculo también entrega beneficios emocionales. Muchas personas dejan de medir su avance solo por el peso y reconocen otros logros: cansarse menos, dormir mejor, tener menos dolor, mejorar la postura o sentirse más capaces. Esa sensación de progreso mejora la adherencia, y sin adherencia ninguna intervención funciona.
El objetivo no debería ser pesar menos a cualquier costo, sino mejorar la composición corporal: reducir grasa, proteger músculo, aumentar la fuerza, cuidar el metabolismo y mejorar la capacidad cardiorrespiratoria. Esto requiere entrenamiento adecuado, proteínas suficientes, descanso, manejo del estrés y metas realistas.
El desafío es dejar atrás la estética de la delgadez y avanzar hacia la funcionalidad. Enfrentar el sobrepeso y la obesidad no debería limitarse a decir “baje de peso”; debe promover un mensaje humano: construya fuerza y cuide su metabolismo.










