El hilo de la memoria: arpilleristas y el relato social

Por Rocío Millar Barría, docente de Psicología de Universidad Santo Tomás Puerto Montt.

 El 7 de noviembre, día de la artesanía, invita a contemplar el valor de las manos que crean. pero hay una manifestación artesanal que trasciende lo decorativo para convertirse en un documento de resistencia y memoria colectiva: el trabajo de las arpilleristas. Estas mujeres, usando solo retazos de tela y aguja, no solo bordan diseños; bordan problemas sociales actuales y, con cada puntada, refuerzan el urgente rescate de la memoria.

Popularizadas en Chile durante la dictadura, las arpilleras eran un medio clandestino para denunciar las violaciones a los derechos humanos y la represión. Eran la voz visual de quienes habían sido silenciados.

Hoy el arte de la arpillera se ha adaptado a los desafíos del siglo XXI. Las mujeres arpilleristas, herederas de una tradición de resiliencia, dirigen su hilo hacia nuevas problemáticas, como los conflictos ambientales, el extractivismo o la contaminación de los ecosistemas; la violencia de género, representando la desigualdad y la lucha por la justicia; las crisis migratorias, el desarraigo y la búsqueda de nuevos horizontes o la desigualdad económica, evidenciando las brechas sociales en el paisaje urbano y rural.

Cada arpillera es un microrrelato. un espejo colorido pero implacable de la vida cotidiana, que ofrece una mirada social que los medios o los discursos oficiales a menudo relativizan.

En un mundo saturado de información fugaz, la permanencia física de la arpillera es un acto radical. La memoria colectiva no es solo recordar el pasado; es mantener viva la conciencia histórica para entender el presente y construir el futuro. Y el trabajo de las arpilleristas cumple esta función esencial de dos maneras: a través del anclaje al testimonio, representando eventos y luchas contemporáneas, las arpilleras garantizan que estos problemas no sean olvidados, siendo testimonios textiles que nos obligan a confrontar la realidad. Y, por otra parte, a través de la transmisión generacional en que la técnica misma es un vehículo. Las mujeres transmiten sus habilidades y, con ellas, las historias, asegurando que la memoria de la lucha social persista a través de las generaciones.

Al ser un arte eminentemente femenino, reivindica un espacio de expresión política y social para las mujeres, a menudo relegadas a los márgenes del discurso público. Sus manos, tradicionalmente asociadas al cuidado y al hogar, se transforman en instrumentos de denuncia y poder.

Frente a la producción masiva, la arpillera es un alegato a favor de la «puntada lenta», del trabajo que exige tiempo, reflexión y afecto. El verdadero valor de esta artesanía no reside en su precio comercial, sino en su capacidad de articular y preservar el relato de una comunidad.

En el día de la artesanía, honremos a estas artistas que embellecen y confrontan, reconozcamos a las arpilleristas como las cronistas de nuestra era, cuyas telas son un mapa de nuestras heridas sociales y una hoja de ruta hacia la esperanza.